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Los mitos y la libertad

"Fumo porque quiero"

Fumar es una adicción, que debe ser entendido como un proceso vital que habitualmente comienza entre los 12 y los 14 años de edad, es decir, bastante antes de tener la capacidad psicológica y legal para decidir(7,9).

Los fumadores no fuman porque quieren sino por un cúmulo de circunstancias que les han empujado hacia esa conducta nociva y adictiva en edades en las que no hay recursos ni madurez suficiente para resistir esas presiones. La influencia que el grupo de amigos ejerce sobre el adolescente como factor iniciador del consumo de tabaco es potente, y muchas veces, comenzar a fumar no es otra cosa que un mecanismo de integración en un determinado grupo(21). fumar es una conducta muy condicionada por la presión del entorno familiar y social y por el efecto de los anuncios publicitarios.

Sin embargo muchos fumadores creen que la decisión de comenzar a fumar fue una elección libre e informada, pero la realidad más habitual no coincide con esa percepción. Suelen hacerlo con la falsa idea de parecer modernos, maduros, adultos, independientes, esbeltos, sofisticados… En ocasiones, también por inadaptación familiar, inseguridad y timidez. En resumen, porque creían que les hacía estar en la onda, o como dicen hoy los adolescentes porque es “guay”.

“Fumo porque me gusta”

La mayoría de los fumadores pronuncian, en un momento u otro, esta frase. En realidad, cualquier fumador que no puede permanecer sin coger un pitillo al menos 24 horas sin que aparezcan sensaciones molestas y malestar físico es adicto a la nicotina. Es ella la que controla a la persona y no al revés. Con las demás drogas, legales o ilegales, ocurre exactamente lo mismo. La falsa percepción de autocontrol es uno de los grandes paradigmas para entender las adicciones. Los adictos a la nicotina creen que pueden controlarla: la cantidad, la frecuencia, etc. Sin embargo nada hay más equivocado(1,9). A medida que acumulan años, invariablemente comienzan a negar dos cosas: 1) que el tabaco constituya un problema que no puedan controlar y 2) que los efectos negativos (enfermedades) en sus vidas tengan alguna relación con el hecho de fumar.

En los fumadores suele existir un gran componente emocional o afectivo relacionado con un evento, objeto o sustancia, a través de la cual el fumador logra, transitoriamente la “fantasía” de controlar las emociones. La adicción se constituye para muchos, en su principal relación emocional (“mi mejor amigo”, “mi compañía”) y no conciben situaciones como, por ejemplo, esperar el autobús sin el soporte de un cigarrillo.

En algunos casos, alcanza la categoría de “relación patológica”. Pero técnicamente una adicción se caracteriza porque la persona presenta un marcado deterioro de su capacidad para controlar el consumo de esa sustancia, que se expresa como una incapacidad para predecir cuándo podrá discontinuar su uso (“algún día dejaré de fumar”), una vez comenzado el consumo. La adicción se caracteriza por ser crónica, progresiva y con frecuentes recaídas(117)

La adicción al tabaco modifica el cerebro del fumador, que tiene un mayor número de receptores cerebrales de nicotina(4,7). Por eso, en lo referente al tabaco (y no en lo que atañe a otros aspectos de su vida) son las zonas base del cerebro (las de los impulsos primarios, las emociones y las adicciones) las que “toman el control en el fumador”. Para el que nunca ha fumado estas conductas (como la de una madre embarazada que continúe fumando pese a todas las advertencias de daño al feto, o la de los padres capaces de fumar ante un hijo asmático) resultan difícilmente comprensibles.

Esa relativa desconexión entre las regiones frontales (razón) y basales (impulsos) del cerebro del fumador parece ser la causa de que la parte consciente, racional y responsable de la personalidad quede relegada frente a la parte compulsiva e irracional de la adicción a la nicotina. Sería la explicación para que un paciente con enfisema pulmonar que precisa estar enchufado a una mochila de oxígeno la mayor parte del día tenga el impulso de seguir fumando incluso a escondidas.

“El cigarrillo simboliza la liberación de la mujer”

Este es otro mito generado por la presión publicitaria que asociaban fumar a valores atractivos para las mujeres jóvenes. Basta con revisar atentamente los anuncios de tabaco y sus mensajes: “fúmate un Lucky en vez de comer un dulce” (delgadez), “has recorrido un largo camino, nena” (emancipación, libertad), cigarrillos Slim Pinks (glamur: finos y rosados), “un antiguo prejuicio ha sido derrotado” (igualdad), “tengo la capacidad de decirlo todo sin decir una palabra” (símbolo de autoafirmación), “encuentra tu voz” (campaña de tabaco dirigida a minorías étnicas y raciales), “decídete a fumar mejor” (cigarrillo más “sano” o light)(47).

Desde la Transición, las mujeres universitarias han estado utilizando el cigarrillo para reforzar una imagen social auto seleccionada y para dar imagen de independencia económica. El consumo de cigarrillos también ha operado como un símbolo de poder y resistencia frente a situaciones asimétricas entre sexos y de dominación masculina, según una investigación realizada en el departamento de Antropología de la Universidad de Granada(118).

Desde hace un tiempo, el binomio tabaco-control de peso parece tener una importancia trascendental en la actual epidemia tabáquica entre las adolescentes. Frente a esa fatal idea, hay herramientas suficientes para poder contraponer la realidad del binomio tabaco-estética (arrugas, flacidez, aliento discutible, dientes sucios, mal olor de la ropa).

En el fondo, se trata también de no aceptar como mujeres una nueva sumisión más sutil pero más nociva aún que la de épocas pretéritas. Pero no es fácil. Los contenidos de las revistas dirigidas a chicas adolescentes perpetúan los estereotipos de la mujer objeto. En ese sentido el cigarrillo se ha mantenido entre las jóvenes como un mediador y facilitador de las relaciones sociales y de algún modo como una metáfora erótica muy evocada en el cine desde los años 50 a la actualidad(45). La fantasía de que ayuda a afrontar el estrés o que el cigarrillo constituye para una mujer joven con múltiples tareas un auto premio, un momento de placer, relax y descanso también suele esgrimirse como excusa para seguir fumando.

Frente a esta imagen glamurosa o utilitaria, el consumo de tabaco interfiere gravemente en la salud física, mental y reproductiva de las mujeres y la adicción es una nueva forma de esclavitud del siglo XXI, es decir, lo más lejano a un símbolo de libertad.

“Fumar es una libre opción de adultos informados”

El núcleo del argumento que muchos utilizan para criticar y oponerse a las regulaciones del consumo de tabaco en lugares públicos se resume en una palabra clave: libertad. La adicción al cigarrillo anula casi por completo la soberanía del consumidor(77). No hay libre albedrío en la conducta de fumar. Evitar que se presione a menores con anuncios de tabaco no es algo contrario a la libertad sino una acción liberadora. No se puede ser libre si la información de la que se dispone es irreal e incompleta.

Los aspectos esenciales de la libertad no tienen nada que ver con la conducta de fumar. Nadie debería cruzar una autopista a pie, por lo que prohibirlo no coarta la libertad sino que genera seguridad. Si nos encontramos a un niño abandonado y desarrapado lo normal es intentar localizar a sus padres o tutores o procurarle el amparo de una institución. ¿Coartamos entonces su libertad o le estamos ofreciendo la oportunidad de que acceda a un hogar y tenga cariño, salud, cultura y trabajo?. Lo importante para salvaguardar la independencia y la libertad de la persona es que disponga de las herramientas para ser autónoma y pueda tomar decisiones informadas y conscientes. No se puede tratar de la misma forma a un menor de edad que a un adulto. Es falso y malintencionado afirmar que se tiende a hacer extensivas a los adultos las normas de protección a los menores. Evitar que los menores consuman alcohol no condiciona que los adultos puedan tomar vino con las comidas.

Pero la apropiación del argumento de la libertad casi en exclusiva por parte de los sectores económicos, y de un modo tan eficaz, no ha sido algo espontáneo. En 1998, durante un proceso en su contra, las tabacaleras se vieron obligadas a desclasificar miles de documentos internos, en los que se descubre la posición estratégica de las multinacionales, que ha sido difundir el mensaje de la libertad como una forma de detener las legislaciones restrictivas. Durante años, la industria tabacalera subvencionó o creó asociaciones de fumadores, presionó a medios de comunicación y trató de manipular las pruebas científicas sobre los perjuicios del tabaco(46,47). Ello explica una ventaja que cada vez, por fortuna, acortan más los defensores de la salud pública.

Visto lo poco que tiene que ver la libertad con fumar, cabe preguntarse a qué clase de libertad se refieren los que se oponen a regular el consumo de tabaco. ¿A la libertad de las empresas tabacaleras para inducir a niños y niñas a comenzar a fumar a través de la publicidad? ¿A la libertad de obligar a los trabajadores a respirar humo irritante y cancerígeno en su lugar de trabajo? El tabaco y la libertad son como el aceite y el agua: no se pueden mezclar.

“Las prohibiciones son contraproducentes”

Esa falsa creencia parte de una media verdad. En el siglo VII antes de Jesucristo, el texto sagrado del taoismo, el Tao Te King, rezaba así: “Cuantas más leyes y prohibiciones hay en el mundo más mísero será el pueblo”. Pero unas páginas más adelante decía: “Cuando es difícil gobernar un pueblo es señal que saben demasiadas cosas. Por eso gobernar al pueblo aumentando su conocimiento es colmarlo de desgracia”(119). Según ese razonamiento, podría permitirse el consumo de tabaco en lugares públicos y mantener la ignorancia ciudadana sobre los efectos del humo de tabaco en la salud. Esa practica medieval es justamente lo que han hecho los gobiernos hasta hace pocos años.

Las prohibiciones a niños, adolescentes y adultos inmaduros producen cierto rechazo y morbo y hacen más atractivo aquello que se prohíbe. Pero eso poco tiene que ver con las leyes reguladoras del consumo de tabaco.

La prevención no es algo que se pueda imponer, simplemente se puede proponer; dejar de fumar (como conducta privada) es algo que sólo la persona puede decidir. Mientras del interior de la persona no surja la decisión de dejar de fumar (decisión meditada), ninguna norma, ni ley será capaz de provocar por sí misma una abstinencia definitiva del tabaco. Incluso si se prohibiera el tabaco, la gente se las arreglaría para seguir fumando, o bebiendo, como ocurrió con la ley seca en Estados Unidos en los años 20.

Como vemos es contraproducente hablar de soberanía del consumidor con una conducta adictiva. Es sorprendente que haya gente tan culta e informada más preocupada por los riesgos de la intervención del estado en la salud, que por los riesgos individuales y colectivos de las actuaciones irresponsables de determinadas industrias como las tabacaleras.

Casi todos necesitamos las leyes para recordarnos que hay que pagar impuestos y cumplir las normas de tráfico. Por más y mejor educación vial que hubiese entre los escolares a nadie se le ocurriría prescindir del código de circulación. Fumar es una conducta adictiva que hay que comprender, respetar y tolerar pero que debe restringirse al ámbito privado.

“El fumador perseguido”

La realidad es que en España el 40% de los fumadores no respeta los espacios sin humo y por ahora no pasa nada. También algunos políticos siguen afirmando ingenuamente que los hábitos de conducta se modifican con educación y no con regulaciones, como si unas y otras fueran medidas contrapuestas en vez de complementarias. Fumar en un lugar no permitido tiene según la ley una multa de 30 euros. ¿Alguien ha visto que a un fumador se le imponga una multa por no respetar a los demás? Se han puesto algunas multas pero por desacato, no por fumar en un lugar prohibido. Sin embargo, se imponen multas a diario por aparcar en doble fila, algo que por supuesto también ocasiona trastornos a otros ciudadanos pero no perjudica su salud física. Salvo excepciones, lo habitual es que no se ha penalizado a los fumadores infractores, y muy poco a los responsables de los locales. Más bien lo contrario: en abril de 2006 se sancionó a un guardia civil por denunciar que se fumaba en la cantina de un cuartel en la que la ley recién aprobada prohibía consumir tabaco(120). A esto se llama culpabilizar a la víctima.

Hay casos documentados de al menos dos trabajadores de la hostelería en Aragón y en País Vasco que sufren de problemas respiratorios, que no se han atrevido a denunciar a su empleador y han remitido cartas al Defensor del Pueblo y al Consejero de Sanidad, sin obtener respuestas satisfactorias. En el caso del País Vasco el consejero le remitió a un trabajador que reclamaba su derecho al ocio sin humos un lote de CDs que le fueron devueltos inmediatamente. Es absurdo hablar de acoso al fumador cuando estamos hablando de “proteger al no fumador expuesto al humo”.

Es curioso el concepto de tolerancia consistente en que los no fumadores pongan sus pulmones a disposición de los que fuman en espacios públicos cerrados. O, como dice Santiago Segura: “Yo no me tiraría un pedo a la cara de nadie; eso es lo que hacen los fumadores, ese es el tipo de agresión. Pensarán que exagero, pero yo soy asmático. Noto el asqueroso olor a cigarrillo, el contaminante y pernicioso humo de alquitrán y nicotina a distancia. Me hiere. No lo soporto y me pone enfermo(121).

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